Sin Agricultura, no hay alimentos.
Según los expertos, todos los modelos meteorológicos indican que hay un 97% de probabilidad de que se presenten lluvias —con intensidades diversas— entre septiembre y noviembre. De concretarse, frutales como las cerezas podrían verse afectados. El daño dependerá del estado fisiológico de cada especie.
Nublado se ve el panorama para los fruticultores en lo que queda de año. Esto porque si bien la lluvia siempre es necesaria y bienvenida, puede transformarse en una verdadera amenaza si se produce en el momento no adecuado. Y el pronóstico es que la primavera que se avecina viene con lluvias que podrían ser históricas y que, por lo mismo, podrían causar estragos en las distintas especies, aunque que ocurra dependerá del estado fisiológico en que se encuentre cada una y de la cantidad de agua —y la intensidad— con que caiga.
Si bien los expertos recalcan que aún es prematuro para predicciones certeras, explican que de acuerdo a lo que muestran los diferentes modelos meteorológicos las precipitaciones podrían presentarse durante octubre y noviembre, e incluso podrían extenderse hasta enero.
‘Los modelos de predicción hablan de entre un junio y un septiembre dentro del Niño Moderado, pero lo más complicado y lo más preocupante es que todos los modelos hasta ahora están prediciendo de que tenemos sobre un 90% de probabilidades de que tengamos un nivel de intensidad muy fuerte a partir de octubre y extendiéndose hasta diciembre’, dice Pablo Grau, exinvestigador INIA, quien lleva registros desde hace más de 10 años de los eventos climáticos.
‘Todos los modelos están indicando que va a llover por sobre lo normal lo que queda del invierno y en la primavera. Las probabilidades de que El Niño continúe y se intensifique son altísimas, de un 97%, y hay un 81% de probabilidad de que el fenómeno alcance una magnitud de intensidad severa. Lo que lo hace un hecho histórico’, dice Paula Santibáñez, investigadora del centro Agrimed de la Universidad de Chile.
No se trata de que vaya a caer agua con la misma intensidad de las últimas semanas, recalca la experta y explica que se trataría de eventos de menor cantidad de agua que los ocurridos, puesto que pierden las características de lluvias invernales, sino que podrían ser lluvias de dos o tres días, por ejemplo, incluso de intensidad media. Pero lo complejo, dice, es que sí podrían causar más impacto directo en la producción agroalimentaria, puesto que las plantas están en fases más sensibles, como floración o con fruto pequeño.
Lo que podrían causar las lluvias
Usualmente, el fenómeno de El Niño se caracteriza por temperaturas mínimas más altas y eventos de lluvias extremas. Sin embargo, hay años en que este fenómeno no genera precipitaciones tan intensas. Para que se produzcan eventos de lluvias intensas, se requiere del desplazamiento del frente antártico hacia el norte y su combinación con ríos atmosféricos que transportan vapor de agua desde el Pacífico tropical. Esta interacción es la que ha determinado los eventos de lluvias extremas, como los registrados el último mes y los que se proyectan para el resto del año.
El problema es que a partir de septiembre los frutales comienzan a llenarse de puntas verdes, que muestran ya el inicio del proceso de floración, e incluso algunos desarrollan ya los primeros frutos, impulsados también por una acumulación de grados días más alta. Ahí la lluvia puede generar mucho daño, aunque no tenga la intensidad igual que hasta ahora, ya que puede provocar la caída de flores o de frutos.
El aumento de precipitaciones no eliminaría —aunque sí disminuiría— el riesgo de heladas, sino que extendería la posibilidad de que se presenten cuando las plantas ya están con botón o fruta incipiente.
‘Este riesgo abarca principalmente desde el interior de Valparaíso, la Región Metropolitana, O’Higgins, Maule, Ñuble y Biobío, incluso hasta Temuco. A ello se suma la posibilidad de granizos durante septiembre y octubre. Cuando la temperatura desciende a 0 °C, basta con que esa condición se mantenga durante dos o tres horas para provocar daños en la floración, en las puntas verdes e incluso en cultivos como la vid. Por eso es fundamental mantenerse informado sobre los pronósticos y contar con tecnologías de protección, como calefactores o torres de viento, que permiten reducir el impacto de las heladas’, dice Patricio González Colville, magíster de Climatología Centro de Investigación y Transferencia en Riego y Agroclimatología (CITRA) de la Universidad de Talca.
En la zona central, lo usual es que estas puedan presentarse hasta octubre, mientras que en la Región de Los Ríos las heladas tardías pueden golpear incluso hasta noviembre. Ese es uno de los principales riesgos cuando las lluvias se prolongan hacia la primavera, más allá del efecto directo que tienen las precipitaciones sobre los cultivos.
Sin embargo, hasta el momento la probabilidad de heladas es muy baja.
‘Los años con evento de El Niño como nos tira las mínimas para arriba, la probabilidad de tener evento de heladas tiende a ser menor’, afirma Leonel Fernández.
Uno de los riesgos que sí puede provocar este fenómeno en cuanto a temperaturas, explica el experto, es el adelanto de la brotación de algunos frutales como los almendros, debido a una mayo acumulación de grados días. ‘Si las temperaturas continúan aumentando, como se proyecta con un evento de El Niño que está pasando de una fase moderada a una fuerte, es posible que algunos frutales adelanten su fenología. Los árboles comienzan a brotar antes de lo habitual. Ese desarrollo anticipado ocurre mientras aún pueden presentarse lluvias primaverales, lo que aumenta la probabilidad de enfermedades fúngicas, ya que habrá material vegetal expuesto. Además, si las precipitaciones son intensas, también existe el riesgo de daños mecánicos, como la rotura de brotes verdes’, agrega Fernández.
Por otra parte, en las cerezas, que durante octubre y noviembre está en pleno crecimiento y brote, por ejemplo, si llueve y luego aumentan las temperaturas, los frutos pueden partirse, quedando fuera de poder exportarse. En el caso de manzanos, perales y viñas, una temperatura de 0 °C es suficiente para generar daños en el estado fenológico de las plantas.
Otro alcance que hacen los expertos es que este fenómeno, así como se está dando a la fecha, podría traer otro escenario complejo para el verano, con olas de calor.
‘Este es el segundo elemento de preocupación para la próxima primavera, que se proyecta bastante compleja. El fenómeno de El Niño continúa desarrollándose: actualmente se encuentra en una fase moderada y evolucionaría hacia una condición fuerte a medida que aumente la temperatura del mar. Esto seguirá modificando los patrones atmosféricos y, durante el verano —especialmente entre enero y febrero— podría alcanzar su máxima intensidad, con temperaturas superficiales del mar cercanas a los 30 °C. Como consecuencia, durante diciembre, enero y febrero podrían registrarse olas de calor con temperaturas cercanas a los 38 o 39 °C, e incluso de hasta 40 °C en algunas zonas, como ocurrió durante el verano de 2024’, explica Patricio González.
Los posibles daños
Para los especialistas los problemas que podrían dejar las lluvias van a depender de las especies. En frutales los más afectados serían cerezos, avellanos y carozos, que si sufren lluvias en floración, llevaría a tener menos carga frutal; pero, además, si la fruta ya ha alcanzado cierto tamaño, podría sufrir partiduras afectando su calidad, además de aumentar el riesgo de enfermedades fúngicas.
‘El impacto más importante se produce cuando no existe una buena polinización, porque eso finalmente se traduce en una menor producción y, por lo tanto, en menos kilos de fruta. En cuanto a la calidad, la situación también puede complicarse cuando las lluvias se extienden y coinciden con la etapa de crecimiento del fruto. Es ahí cuando comienzan a aparecer problemas de partidura. En cultivos de carozo, como nectarines y damascos, si las lluvias ocurren de manera tardía, cuando la fruta ya está en desarrollo, el exceso de agua puede provocar que la piel se rompa, un fenómeno conocido como cracking’, dice Leonel Fernández.
Pablo Grau menciona que, además, a las plantas podría faltarles oxígeno por exceso de agua en el suelo. ‘Lo más grave es que durante los meses anteriores las raíces estuvieron en receso, con un consumo de oxígeno muy bajo. Por eso, los daños provocados por las lluvias fueron limitados, además de que las precipitaciones no fueron tan abundantes. Sin embargo, en octubre, noviembre y diciembre la situación cambia por completo. En ese período las plantas están en plena brotación y alcanzan gran parte de su potencial de crecimiento, por lo que la falta de oxígeno en el suelo ya no es grave, es gravísima’.
Grau explica que cuando los suelos permanecen anegados, las raíces agotan rápidamente el oxígeno disponible. En alrededor de 24 horas comienza a disminuir su concentración; a las 48 horas la respiración radicular ya es mínima y, cerca de las 72 horas, se incrementa la producción de compuestos como etanol y lactato, indicadores de estrés por falta de oxígeno. ‘A partir de ese momento, el daño se acelera y, entre cuatro y siete días de anegamiento, comienza la muerte de las raíces absorbentes, afectando seriamente la capacidad de la planta para captar agua y nutrientes. Por eso es importante advertir desde ahora a los productores sobre la necesidad de prepararse para una primavera y un verano que podrían ser más lluviosos de lo habitual’, agrega.
¿Cómo prepararse?
La probabilidad de que las lluvias causen problemas que ponga en riesgo la producción es alta, por lo que la necesidad de prevenir los posibles impactos es urgente.
Una de las medidas es evitar anegamientos.
‘Para ello es fundamental realizar todas las obras de drenaje que sean necesarias, como la construcción de canales y sistemas de evacuación, con el objetivo de eliminar el agua lo más rápido posible y reducir el riesgo de daños en los cultivos’, afirma Grau.
La mayoría de los agricultores conoce bien sus predios e identifica los sectores donde suele producirse anegamiento, por lo que es importante mantener limpias las zanjas de drenaje y los canales de evacuación para facilitar la salida del agua.
‘Si bien el suelo actúa como un gran reservorio y tiene capacidad para almacenar agua, esa capacidad es limitada. Cuando se supera, comienza el encharcamiento y aumenta el riesgo de falta de oxígeno en la zona radicular, especialmente cuando los frutales ya están en plena actividad’, sentencia Leonel Fernández del FDF.
Otro manejo es intentar secar los árboles y la fruta lo más rápido posible después de las precipitaciones.
‘Para secar muchos productores utilizan turbonebulizadores, equipos que generan una gran corriente de aire para eliminar el agua libre que queda sobre las hojas y los frutos. El objetivo es reducir el riesgo de partidura de la fruta y disminuir las condiciones favorables para el desarrollo de enfermedades. Eso sí, esta práctica es efectiva cuando puede realizarse inmediatamente después de la lluvia y no cuando las precipitaciones se prolongan durante varios días’, afirma Fernández.
Recuadro
97% Es la probabilidad de que El Niño se intensifique durante los próximos meses.
Pie de paginaCatalina Pinela Espinoza-
Fuente: El Mercurio - Revista del Campo